Starbucks. 11 de la mañana. Un chai latte*, un muffin, y un libro de divulgación de la Biblioteca de Evanston^ (guilty pleasure de una aspirante a académica: amo los libros de divulgación, especialmente los de ciencias “duras” y antropología. Me gusta que tengan notas al pie, porque me da sensación de “seriedad”, pero nunca las leo. Todo empezó cuando papá me regalo un libro que se llamaba Einstein, relativamente fácil, que igual era muy complicado para una nena de siete años. Papá lo leyó entero, eso sí. El de ayer era “the evolution of god”. Mi amor por los libros de divulgación disminuye a medida que la disciplina se acerca más a lo que yo estudio: desconfío un poco de los de economía y los de historia, no me gustan los de política o comunicación).
Me siento, y veo que un nene de la mesa de al lado –más de dos años, menos de cuatro- se da vuelta para mirarme. Fijo. Serio. Levanto la vista y le sonrío. Me sigue mirando. La madre, incómoda, le dice: “Jonah, you have to smile when you stare”. (Tenés que sonreír cuando mirás fijo a la gente”). American socialization 101. Nadie te mira fijo, y si te miran fijo, te sonríen. Me lo había dicho D. al principio de mi estadía, y me encantó estar presente en esta lección de vida tan importante para Jonah. Después Jonah le pidió a la madre un muffin como el mío, y me siguió mirando fijo hasta que lo terminé. La madre se negó, bajito: it’s not good for you. Gracias, madre de Jonah, por recordármelo.
*El chai latte de Starbucks es rico, pero la preparación un horror. Yo trato de no mirar. Mientras el espresso de Starbucks sigue la misma lógica de preparación que the real thing, se ve que las pretensiones de autenticidad no llegaron al chai. El verdadero chai se hace con una mezcla de té y especias, las hervís en leche o en una mezcla de leche y agua, si lo querés con espuma le podés poner más leche hervida después. El de Starbucks es un concentrado de un tetra brick, con un poco de agua y leche hervida en la máquina de café.
^Me faltan sólo seis meses para volver a Buenos Aires definitivamente, pero algo que voy a extrañar mucho es la biblioteca pública de Evanston. ¿En Buenos Aires hay bibliotecas públicas? ¿Alguna vez alguien sacó un libro? Yo he usado –esporádicamente- la biblioteca de Sociales, para sacar libros “para la facultad”, nunca “para leer”. A la biblioteca nacional sólo iba a estudiar, y he chequeado algunas cosas en la hemeroteca. ¿Pero llevarme libros a mi casa? Nunca. ¿Alguien lo hizo? (WW dice acá que a los americanos les dan asco los libros de la biblioteca. Pero los que yo saco siempre están intactos. En cambio, los que saco de la biblioteca de la universidad del noroeste casi siempre están subrayados, y más de una vez tenían migas).
